viernes, 5 de febrero de 2010

CEREBROS

En enero de 1924 moría Volodia, amistoso apelativo para nombrar ni más ni menos que a Vladímir Illich Uliánov. O sea, Lenin.

Murió en lo que actualmente es la ciudad de Nizhni Nóvgorod, pero conocida antes de 1990 como Gorki Leninskiye. Lo de Leninskiye se lo agregaron después de que allí falleciera semejante personaje. Pero el nombre Gorki, la ciudad lo recibió obviando el trámite de que primero se muera el homenajeado, el famoso escritor Máximo Gorki. El apellido real de Gorki era Péshkov. En ruso, Gorki significa amargo. Como amarga es la reflexión que haré a continuación.

Ni bien murió Lenin, se extrajo de su cuerpo su cerebro, con el objeto de estudiarlo para analizar el secreto de su inmensa y legendaria inteligencia.

Reflexión amarga:
Desde entonces, y hasta donde yo sepa, ningún otro líder de ninguna nación del globo generó en sus semejantes un deseo parecido.
(Ni siquiera como artilugio de propaganda, si es que queremos ser mal pensados.)

Es más: es fácil sospechar que, para cerrar el cajón, a más de uno le habrán tenido que extirpar el cucurucho que llevaba estrellado en la frente. Y, por lo que veo, en el futuro tendrán que hacer otro tanto con otros tantos.

Pero, como ya dije en un post anterior, los gobernantes no son seres caídos de una nube, ajenos a los procederes y saberes del ciudadano promedio que gobierna.

Leyendo el libro "Dignidad para Todos" de Carlos March (ilustrado con el genial humor del mejor Tute), encontré algo en este sentido: habla de una planificada degradación de la inteligencia. Sin entrar en falacias del tipo "dinosaurios eran los de antes", March cuenta cómo, además de degradarse el medio ambiente y la calidad de vida de la gente (en el sentido del crecimiento del número de pobres y del ensanchamiento de la brecha entre estos y los ricos), el crecimiento de la ignorancia también es planificado. Y deshoja escalones contando que se ha ido pasando "de sabios a eruditos; de eruditos a ciudadanos del conocimiento; de ciudadanos del conocimiento a habitantes de la información; de habitantes de la información a exiliados en la ignorancia".

La "crueldad" de Carlos March no tiene límites y por lo tanto va cerrando el párrafo con este tobogán: "la sabiduría nos eleva, el conocimiento nos mantiene a flote, la mera información nos ahoga, la ignorancia nos hunde".

Está claro que hoy por hoy vivimos ahogados en información: recibimos datos y más datos y conocemos casi nada de casi todo. Tomamos partido en virulentas discusiones sin saber prácticamente nada de qué son las retenciones móviles, la autonomía del Banco Central o cuáles empresas pertenecen a tal monopolio y por qué eso es peligroso (o no) o cuáles beneficios acarrea (o no) que tengamos fútbol en canal 7.

Si nos ahogamos terminamos hundiéndonos. Pero conociendo nos podríamos mantener a flote en medio de tanta estadística sobre delincuencia, tantos índices de precios manuscritos y tantas chicanas de la peor calaña. Y ahí sí estaríamos más cerca de la sabiduría que nos pone por sobre toda esa cancha embarrada, sin andar calzándonos ni la camiseta de los que nos atacan ni la de los que no nos defienden.

March, termina el párrafo con una sentencia, a mi juicio, inapelable: "El cronograma de la ignorancia devora el tiempo que requiere una sociedad para conocer lo que debería hacerse y comprender cómo hacerlo".

Yo no estoy en condiciones de hacerle un chivo al libro de March. Primero porque no percibo ni un duro por el trámite. Y segundo porque mal haría yo en recomendar un libro del que no he leído más que un cuarto de su contenido. Pero, al fin y al cabo, lo que la obra se propone (y ya veré cómo) es impulsar la participación ciudadana, como único medio de ganar dignidad por encima de las migas que nos deja el poder (y la corporación política en general) mientras ellos atan y desatan chanchullos. Votar no es todo lo que podemos hacer al respecto, parece querer explicarnos el autor.

Da paja salir de la modorra. Estamos desencantados, mediocrizados, cansados, apabullados, hace calor. Pero está claro que mirando la tele mientras nos comemos los mocos es medio difícil hacer que algo (aunque sea chiquito, chiquititito) cambie. En definitiva, un señor que era tan pero tan inteligente que inspiró a sus conciudadanos a que le analicen el cerebro, dijo una vez: "si no eres parte de la solución, eres parte del problema".

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